Para muchas personas diciembre es un mes especial pleno de simbolismos religiosos, espirituales y materiales. Uno de los componentes centrales de los festejos navideños es el árbol, conífera cuidadosamente adornada que cobija la representación de la natividad, tal como durante siglos los arboles han dado refugio a viajeros, caminantes, turistas, en fin, a todo aquel agobiado por el calor o por la lluvia. 

El árbol navideño hace manifiesta la importancia de los árboles para los grupos humanos, presencia que rebasa por mucho su reducción a materia prima como madera para la fabricación de muebles o de papel, proveedor de frutas y aceites, entre otros. En diversas culturas y tiempos a los árboles se les confirió una dimensión simbólica relacionada con diversos ámbitos del hacer y pensar, de los cuales el árbol del conocimiento, árbol de la vida y del cosmos son ejemplos sobresalientes.

Vinculado a la fertilidad, al principio vital, a la regeneración y la fuerza, el árbol ha sido figura de la creación y vínculo entre los niveles de la existencia, engarce del mundo celeste, terreno y del inframundo. Sus ramas y raíces unen el cielo a la tierra, y a través de su tronco corre la sabia de la vida y el conocimiento.

El árbol navideño es una reminiscencia del árbol cósmico Yggdrasil, fresno que sostiene y comunica los mundos que forman el universo nórdico, del reino de los dioses hasta el reino de los muertos; de sus raíces nacen tres fuentes una alimenta el Pozo de Juventud (Ura), otra regala sabiduría y conocimiento (Mimir) y en la tercera tienen su origen todos los ríos del mundo (Hvergelmir).

Para la mitología hindú el Ásvathha, árbol invertido, envuelve con sus ramas el mundo que habitamos, señal de que el ser supremo, entendido como una consciencia superior, nutre las existencias mundanas, de sus ramas descienden los himnos védicos.

En otro orden de ideas, el árbol también ha sido empleado para referirse a los orígenes de algo, hablo por supuesto del árbol genealógico, encargado de buscar la raíz de una palabra, una familia, de una lengua, aquí el árbol señala los vínculos o conexiones entre los diversos componentes de un conjunto determinado en una temporalidad dada.

Como apreciamos, los árboles forman parte de los imaginarios artísticos, religiosos, mitológicos; de discursos literarios pero también científicos, y de historias personales. El árbol como figura, símbolo, concepto, forma o entidad empírica es parte de nuestra red de creencias, conocimientos y prácticas.
Es importante y necesario notar que un árbol nunca es “sólo un árbol”, es decir, un organismo aislado, ellos son refugio, hábitat, conserva la humedad de los suelos (los arboles impiden su desertificación) y la diversidad de los diferentes hábitats. Es decir, son parte de redes de coexistencia que hacen posible la vida en este planeta, de hecho, forman “redes de apoyo y comunicación” a través de las cuales ayudan a mantener la salud y estabilidad de los ecosistemas.

Los trabajos de la doctora Suzanne Simard en los bosques de Canadá le permiten sostener que los árboles son organismos mucho más complejos de lo que creíamos, capaces de comunicarse entre sí, proveer ayuda a otros árboles e identificar sus lazos genéticos, es decir su descendencia.

Mediante un “cableado” subterráneo -formado por diversas especies de hongos llamado micorriza- un árbol puede pasar nutrientes a otros árboles que se encuentren en condiciones menos favorecidas de luz y CO2, tales como nitrógeno, azufre fosforo y micronutrientes; además por estas redes envían señales de defensa, es decir pueden alertar a otros de la presencia de plagas.

Con ello Simard pone en cuestión la teoría de que los árboles compiten por los recursos y la supervivencia, por el contrario, colaboran entre sí llevando recursos de donde sobran a donde escasean, cabe señalar que el intercambio no se da únicamente entre miembros de la misma especie. Los árboles no son individuos cuya ausencia de locomoción los aísla de otros organismos, son seres vivos que están en constante interacción y asistencia.

Cuando demandamos el cuidado de la naturaleza, incluidos en este conjunto los árboles, nuestros argumentos se central en aspectos utilitarios, reduciéndolos a lo que podemos obtener de ellos en tanto proveedores de oxígeno y materias primas.

Sin embargo, los árboles son seres hermosos que han despertado la imaginación de los grupos humanos, nos hemos auxiliado de ellos para explicar la organización de la vida y sus ciclos, nos han aportado una imagen para caracterizar el pensamiento y el lenguaje. Estamos vinculados a ellos y si ellos dejan de existir algo de nuestra humanidad también lo hará, por tanto, cuidarlos implica preservarnos.